Fría y blanca

Nevada matinal del 29 de enero de 2026 en Valladolid

Tiene la nieve dos epítetos propios: uno es ser fría y otro blanca. A otros les pereció y les parece negra, por quemar sus tierras y dejar las manos ardiendo, decía Covarrubias en su Tesoro de la Lengua Castellana.

Cae la nieve en la provincia de Valladolid, sus pueblos y campos están nevados mientras en la capital no cuaja. La mayoría del mundo vive tranquilo, buscándose la vida, resignado o subyugado, aunque nos parezca que caen chuzos de punta por todos lados y que crecen las guerras como champiñones. Para qué negar que muchos mayores y niños tienen la sensación de que la Tercera Guerra Mundial está al llegar. Pero yo opino que casi todo pasa por mirar más la tele que por la ventana. El sesgo de proximidad, ese que hace que lo que vemos todo el rato parece que sucede a nuestro lado, no es la proximidad ni lo que tenemos cerca. Ahí fuera está nevando y repitiéndose todo, otra vez. El año y la historia marcan su ritmo mientras este invierno parece uno de cuando éramos pequeños y hacía más frío, tirábamos bolas de nieve y llovía más. Antaño nos aventurábamos más, probablemente, ahora el sentido común nos dice que tenemos que cuidarnos, que tenemos ya una edad esdrújula. Y que la nieve es bella pero más peligrosa.

Brindemos por los de los pueblos, porque el espectáculo tiene que ser digno de ver. Con suerte, se verá por los paisanos una foto colgada en el bar del pueblo o en un teleclub abierto algún día del próximo verano. Muchos agricultores renegarán de tanta belleza, yo no sé si es leyenda que son tan quejicas. Soy el mayor paleto de ciudad que existe en España y en parte del extranjero. Todo ello, sin entrar en las muchas certezas que traerá el trato para ellos con Mercosur. Eso sí, creo que todos nos quejamos más que antes y no sé por qué pensamos y creemos que los políticos nos tienen que sacar del pozo.

Aquí en la ciudad, daremos un paseo para ver si sobre la hierba, los setos y los parques algo de blanco queda. Podemos asomarnos al Campo Grande cerrado para ver a Delibes con su bufanda –aunque lo mejor sea leerle o visitar su recién abierto museo-. Darnos un paseo por las riberas del ninguneado Pisuerga que tanta agua da al admirado Duero. Aunque lo más probable es que tanto usted como yo y la mayoría de nuestros vecinos nos quedemos en nuestra santa casa. Y tan a gusto.

Convendremos, usted y yo, que cuanto mejor se está en el presente mejor se estará en el futuro. Al igual que la nieve se utiliza desde hace siglos para enfriar bebidas con el buen tiempo, el agua caliente no se empezó a beber por gusto sino por razones medicinales. Y los romanos, a la sazón, la mezclaban con vino y otras bebidas. Es tiempo de lluvia y frío, así que calentémonos una infusión, una sopita de verduras o de ajos, tomemos unos vinos tintos con una buena carne, bien maridados con los nuestros, tranquilamente refugiados. Demos otro buen sorbo reconfortante mientras miramos a los ojos, escuchamos, estamos en silencio o miramos por la ventana del salón. Nuestro inconsciente sabe que el cosmos es nuestra casa, como diría una astrónoma hace poco, aunque lo olvidemos desde hace mucho. Aunque digamos con tono de queja que hace mucho frío ahí afuera y que: “qué cara están la luz y el gas”, y sea cierto. Es nuestra casa.

Y… aunque sepamos que allí lejos caen misiles, agentes sobre inmigrantes y nativos, y chuzos de punta sobre corazones y vías muertas, es necesario también sentir la fuerza de la naturaleza y las leyes universales de la física, la belleza y la crudeza del invierno y la vida. Para tener bien claro que hay que cuidarse de estos tiempos, de los malos y las malas compañías, de dónde te metes y de los resbalones. Y así, respirando profundo, tomar otro sorbo, nutrirnos, cuidarnos, leer a los buenos y a los días. Ya que tenemos que asegurarnos un futuro prometedor, y nunca mejor que hoy para hacerlo. Justo ahora, mientras cae la nieve fría y blanca.

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